SECTOR NÁUTICO

SEGURIDAD

La muerte de un tripulante de superyate que nadie quiere contar

Se llamaba Jacob Nicol y cayó al agua el 3 de mayo de 2015 mientras limpiaba una banda del yate Kibo. Fue rescatado del fondo del mar. Falleció en Inglaterra el pasado 7 de junio tras pasar por varios centros neurológicos. Se encontraba en estado vegetativo desde el accidente.
OSCAR SICHES

El mes pasado comentaba que deberíamos aceptar la náutica elitista en beneficio de la náutica social. Este mes ha sucedido algo que me hace pensar en los límites que deben respetarse o trazarse para que esa combinación (elitista y social) sea aceptable.



El 3 de mayo de 2015 un tripulante del megayate Kibo, de 82 metros de eslora, cayó al agua mientras limpiaba una banda del yate. Lo que ocasionó la caída fue que se soltó un soporte para defensas que sujetaba la silla y el arnés con el que Jacob Nicol realizaba su trabajo.  Cuando la tripulación se percató del accidente, Jacob se encontraba inconsciente en el fondo del mar, a unos 300 metros de la bocana de Puerto Portals.  El capitán del Kibo se colocó un equipo de buceo, bajó, lo encontró, lo llevó al yate y le practicó reanimación hasta que comenzó a respirar nuevamente. La falta de oxígeno había sido larga, Jacob fue trasladado a Son Espases donde se constató que sufría de un daño cerebral muy serio y que la posibilidad de recuperación era remota, casi imposible.



Jacob fue trasladado a Inglaterra e internado en varios centros neurológicos, donde se mantuvo en estado casi vegetativo, falleciendo el 7 de junio pasado.



La historia es muy triste, tristísima, pero los accidentes suceden, y en el mundo náutico se dan cantidad de situaciones aparentemente inocuas que pueden desencadenarlos.  Y ojo, que tropezarse al embarcar en un llautet puede tener consecuencias tan graves como la que estamos tratando.



Lo que no termino de digerir es que la terrible noticia del accidente de Jacob no tuvo más que dos semanas de actualidad.  En un artículo que escribí en septiembre del 2015 acusaba al mundo náutico de los superyates de meter la cabeza bajo tierra como los avestruces porque la noticia «no convenía».  Nadie lo consideró así, pero era lo que estaba pasando. Justo antes de la temporada no convenía airear un asunto tan truculento. Lo que me enfurece es que ni siquiera aprendamos de las desgracias.  La conveniencia de un bróker o astillero en seguir presentando el mundo de los superyates como glamour, elitismo y pijismo a flote, no debería interferir en la difusión de un hecho como este accidente para conseguir que nunca se repita.  Lo más obvio en este caso sería agregar una regla, o en la jerga de la industria «código de práctica» (no obligatorio pero aceptado y de cumplimiento aconsejado) sobre esa condición de trabajo.



La Fórmula 1 no sólo le ha dado a la industria automovilística los conocimientos para que un coche llegue a los 350km/hora.  Le ha dado experiencia y ha innovado en seguridad, emisiones de escape, consumo y estabilidad entre otras cosas. Volvo en 1972 inventó el cinturón de seguridad cuando revisaban el diseño del frontal de los coches y no conseguían amortiguar lo suficiente el golpe de los pasajeros. Sabemos que la Administración del Estado no es el mejor ejemplo de eficiencia en lo que respecta al tiempo que llevan los trámites y que presentar una propuesta para que, por ejemplo, todo tripulante que realice trabajos en lugares exteriores a la tapa de regala de una embarcación deba llevar colocado un chaleco salvavidas adecuado y homologado (adecuado según el peso del usuario, homologado para asegurar las condiciones de flotabilidad) es un arduo camino a emprender.  Pero podemos educar a los locales.  Podemos incluir la información en charlas, artículos, simulacros y reglas internas de puertos deportivos y varaderos. Es la única manera de evitar que se repita.  Y cuidado señores, que una desgracia le puede caer a cualquiera.



La familia de Jacob no ha recibido nada del seguro.  Pero esa es otra historia negra (los seguros a la hora de pagar) en la que no entraré hoy.



Cuando se hundió el Titanic en abril de 1912, el mundo marítimo reaccionó creando el convenio SOLAS (Seguridad de la Vida en el Mar) que tras varias modificaciones sigue utilizándose hoy como reglas internacionalmente reconocidas para la construcción de buques.  Cumplir con el SOLAS ha salvado miles de vidas. Seamos capaces de adoptar la experiencia y mejorar las condiciones de seguridad laboral de miles de tripulantes de yates.  Aunque no tenga glamour.