Defensores de búnkeres

Si los construyó Franco y están en medio de parajes naturales, ¿por qué nadie pide que los derriben?
Pepe Quiroga

Hace no mucho asistimos atónitos al gran debate medioambiental organizado por los de siempre pidiendo el derribo de los seis chiringuitos de la playa de Es Trenc.



Sí, los mismos que durante años han prestado servicio a bañistas y turistas. La gran excusa para demolerlos era que estaban construidos con cemento y que este tipo de construcciones estaban fuera de lugar en zonas naturales. No voy a hablar aquí sobre la pérdida de ingresos y de puestos de trabajo que ha supuesto tal decisión, pero sí que ésta ha llegado, como mínimo, con mucho retraso, tanto como el que sumaba el transcurrido desde que fue permitida su construcción.



Lo que me lleva a ironizar sobre el por qué no se ha aprovechado para hacer desaparecer de la misma playa los seis búnkeres de la guerra civil (y los otros dos de la vecina playa de Sa Rápita) mandados construir por Franco y que permanecen como islas de hormigón y hierro a lo largo  de tan paradisiaca playa, sobre su fina arena y a pocos metros de sus cristalinas y famosas aguas. Su presencia, como mínimo, no parece muy respetuosa con su ecologista entorno natural y con el anteriormente comentado deseo medioambiental de protegerlo. 



Pero no voy añadir más sobre este asunto, sobre todo después de descubrir que los más ultra defensores de la permanencia de los búnkeres pertenecen a esos grupos de gentes que siempre nos están dando lecciones sobre los espacios naturales y el gran valor paisajístico que poseen estos. Lo que me traslada a otro asunto similar e igualmente curioso.



Estos días Alianza Mar Blava ha emitido una batería diaria de comunicados en los que lamenta «el nulo interés del Gobierno por la protección del Mediterráneo y el enorme desprecio que su proteccionismo sobre las prospecciones demuestra a la sociedad balear».



Dejando a un lado la mala costumbre que muestra esta asociación de hablar en nombre de todos los ciudadanos, cuando tan solo cuenta con unos miles de simpatizantes, lo que llama la atención sobremanera es que Mar Blava siempre alerte sobre las prospecciones pero nunca sobre el inmenso tráfico marítimo que cada día atraviesa nuestro archipiélago, no ya por su exterior, sino a través de los canales de Ibiza y Menorca. Centenares de barcos cargueros de todo tipo, la mayoría de ellos llenos de también todo tipo de sustancias peligrosas. Lo repito, esta asociación nunca se ha quejado de ello. ¿No les resulta extraño?



Bien sigamos. No sé si se han enterado ustedes de la gran serie de protestas que están teniendo lugar en Las Palmas contra la prohibición de seguir las evoluciones de las regatas desde tierra si no se tiene una preceptiva y previa autorización municipal. Protestas que fueron iniciadas por los aficionados de la Vela Latina y a las que se están sumando otros colectivos ante la imposibilidad de que, además de poder seguirlas desde el mar próximos a los campos de regata, porque por seguridad ya está prohibido, ahora tampoco puedan verlas desde un buen ubicado mirador en tierra.



La cosa no es baladí. Significa, ni más ni menos, que a los políticos se les ha ocurrido meter mano en los bolsillos de los incondicionales aficionados a la vela ya que estas  competiciones no se celebran en recintos deportivos ni en estadios. Cuando, digo yo, los regidores municipales deberían como mínimo equiparar a los velistas a los corredores, ciclistas y otros deportistas al aire libre. A los cuales, dicho sea de paso, si les ofrecen todo tipo de facilidades.



Pero claro, estos ya pagan a través de sus patrocinadores. Esta es la diferencia. Estos ya pagan por interrumpir el tráfico. Y los alpinistas un enorme pastón por caerse. Aunque a mí, la pretensión canariona de querer cobrar a los ciudadanos por ver el mar, me parece por pesetera más propia de los regidores palmesanos, pero no voy a decir más, no sea que les transmita una disparatada ocurrencia a los nuestros que todavía felizmente no han tenido.