PUERTOS

OPINIÓN

Las grietas de los cruceros

Las críticas habituales al fenómeno crucerista son más ideológicas que técnicas, más exaltadas que reposadas
JOHANNES VON HORRACH

Tal vez no exista ninguna cuestión, sobre todo en un mundo tan complejo como el nuestro, que descarte tener al mismo tiempo un lado bueno y otra parte más discutible. Aunque nuestra mente esté programada para reducir la complejidad de lo real a estereotipos, estos nos alejan de la verdad, a pesar de proporcionarnos una irresistible molicie psicológica. Si las medicinas tienen efectos secundarios, ¿cómo no va a ser ambivalente un fenómeno como el de los cruceros? Sin embargo, el cisma está a la orden del día: en el debate público, o estamos muy a favor o nos manifestamos del todo en contra. Cuando, como ya avisaba Aristóteles hace nada menos que dos mil años y pico, lo más certero suele estar en algún paraje intermedio del dilema. La tentación de la radicalidad, siempre bien vista pero no digamos ya en épocas de bonanza (cuando uno está aburrido de estabilidades y ansía la pueril pero destructiva turbulencia ‘regeneradora’), guía nuestros pasos en disyuntivas que precisan más bisturí que bazooka.



En este sentido, es relevante lo que sucede en el puerto de Palma con los residuos oleosos, por su elevada cuantía y también por el beneficio que aporta a unos particulares cuyos objetivos crematísticos no coinciden con el interés general. El hecho de la inexistencia de balanzas estos años es una de esas trampas que obviamente abonan el fraude (es cuestión de tiempo que se cometa cuando existe la posibilidad de hacerlo), porque, cuando las cosas se hacen con dudosas artes a ojo del interés de algunos con capacidad de influencia, el enredo acude raudo a ocupar el espacio que deja la integridad.



Cualquier fenómeno acostumbra a percibirse incluso en las sociedades modernas bajo la forma típica de la antigua mitología: a través de percepciones psicológicas con bipolar tendencia a la histeria o a la euforia. Tenemos a mano muchos ejemplos, pero para los momentos histéricos elegiré el marítimo caso del naufragio del Costa Concordia, tras el cual cayeron a plomo las reservas, aunque paradójicamente aumentó la seguridad y bajó el precio. O el trágico accidente de Spanair en Madrid, que generó el mismo perfil de consecuencias chocantes: cuando los billetes eran más baratos y el vuelo menos vulnerable (tras una catástrofe se eleva el celo técnico de los responsables), el pasaje se redujo al mínimo. Nuestras viejas antenas psicológicas son lo primero que se pone en funcionamiento a la hora de calibrar un suceso, pero suele jugarnos malas pasadas. 



Como sucede también, las críticas habituales al fenómeno crucerista son más ideológicas que técnicas, más exaltadas que reposadas. En lugar de señalar que las obras faraónicas de la APB perjudican injustamente a la náutica de recreo y que pueden existir oscuros intereses en las empresas que viven del asunto, cuatro gatos liderados por algún que otro tipo siniestro acaparan las portadas de los medios vendiendo containers de homeopatía política aliñada con algunas pocas evidencias. Y es que los problemas reales acostumbran a permanecer velados tras la hojarasca resultona del griterío interesado de unos pocos que pretendiendo solventar un problema lo que ambicionan es una resolución mucho peor: acabar con algo que si acaso debería ser modificado en algunos aspectos. Pero tiene más salida destruir. Igual sucede con la turismofobia y los atascos, asunto que siempre aparece en los medios con las cartas marcadas, olvidando aspectos más de raíz (haber superado probablemente el techo poblacional de residentes) pero menos vistosos en la tantas veces sonrojante pasarela nacional del lucimiento buenista.