CRUCERO

ENTREVISTA

«El Gran Sur te asombra y te asusta por igual»

El periodista mallorquín Ugo Fonollá, «incrustado» en la vuelta al mundo a vela, narra su experiencia en la etapa más dura de los últimos años
José Luís Miró

Ugo Fonollá (Palma, 1992) ha vivido la etapa más dura de la Volvo Ocean Race de los últimos años como reportero a bordo del VO65 Mapfre. Sus crónicas, fotos y vídeos han servido para acercar al gran público  las sensaciones de la navegación oceánica en el Pacífico Sur, el lugar más inhóspito del  planeta. Nunca los aficionados habían disfrutado de imágenes tan espectaculares y narraciones tan honestas como las que Ugo ha mandado desde la otra punta del mundo, editando y escribiendo con las gotas de condensación cayendo sobre su teclado y el frío calándole los huesos. La experiencia en las altas latitudes ha estado marcada por dos hechos: la desaparición de John Fisher al caer por la borda del Skallywag y la rotura de la vela mayor del Mapfre en el Cabo de Hornos. Reconoce que la travesía ha sido cualquier cosa menos cómoda, con las olas barriendo constantemente la cubierta. Con todo, asegura haber disfrutado de la «naturaleza salvaje» y no descarta repetir si se da la oportunidad.



Pregunta.– Se habla de la etapa del Océano Sur más dura de los últimos años en la VOR. ¿Cómo describirías esa experiencia? 

Respuesta.­– Es algo único. Son días y días de navegar en condiciones extremas que no había visto en la vida. Te asombra y asusta a la vez, pero tengo que decir que en todo momento me sentí en muy buenas manos al navegar con las leyendas de la vela que me acompañan a bordo. El frío es muy intenso tanto fuera como dentro del barco y vives con una humedad altísima. Trabajar en esas condiciones es muy complicado.

P.– Y todo ello manejando un material delicadísimo.

R.– Sólo mantener el equipo de trabajo a salvo del agua es un reto. La humedad dentro del barco hace que las cámaras te den problemas. Y no sólo las cámaras. Una vez me dejé las botas colgadas donde no debería haberlo hecho y cayó algo de agua dentro. Ocurrió el quinto día de regata y desde entonces pasé frío en los pies cada vez que salía a cubierta. Fue imposible secar las botas hasta dos días después de pasar Cabo de Hornos. Creo que será algo que no me volverá a pasar en la vida, aprendí la lección.

P.– ¿Qué te pasó por la cabeza cuando llegó la noticia de que John Fisher, regatista de uno de vuestros barcos rivales, había caído por la borda y estaba desaparecido?

R.– Fue un momento muy delicado, en el Skallywag navega Libby Greenhalgh, hermana de Rob Greenhalgh, tripulante del MAPFRE, y la noticia llegó sin nombre y apellidos del regatista que se había caído. Hubo bastante tensión en el barco. Rob estaba muy preocupado por su hermana. Al cabo de un rato nos pudieron decir desde el control de la regata que no era ella, lo que alivió un poco el ambiente a bordo después del primer shock. Pero el resto del día fue terrible, pasábamos unos de los peores días de navegación en cuanto a condiciones de mar, y no supimos quien había sido hasta el final de la jornada. Yo no quise hablar mucho del tema, aunque mi cabeza no dejó de darle vueltas. Me di cuenta de que las condiciones en las que navegábamos eran realmente muy serias y peligrosas. De un instante a otro desapareció el disfrute de ver el barco surfeando olas a más de 30 nudos de velocidad. Es algo que puede pasarle a cualquiera. Pensé mucho en mi familia y amigos...

P.– Tú que has estado allí y has visto ese mar, ¿crees que hay alguna posibilidad de sobrevivir a un accidente de estas características?

R.– Creo que las posibilidades son muy bajas. El agua está muy fría, dicen que pasados 5 o 10 minutos lo más seguro es que tu cuerpo no pueda combatir ese frío y sufras de hipotermia. Además, el barco surfea a unos 30 nudos de velocidad; esto supone que para cuando ha podido dar la vuelta, lo mas seguro es que tú ya estés a más de dos millas de distancia y aún tienen que ir a buscarte navegando contra las olas y el viento... Es probable que ese tiempo crítico ya haya pasado cuando te encuentren. La visibilidad con ese tamaño de olas es muy poca, sobre todo cuando te encuentras en el seno de la ola. Diría que para tener otra vez contacto visual, tanto el barco como el náufrago deberían estar en dos crestas al mismo tiempo.

P.– Tu trabajo fotográfico y audiovisual ha recibido muchos elogios. Sin embargo, considero casi más meritorias tus crónicas. ¿Cómo consigues encontrar la concentración necesaria para escribir a bordo de un barco que con cada ola que entra por la proa parece que se va a desmontar, con el frío, con la humedad, con la falta de espacio?

R.– Al llegar a tierra me quedé sorprendido del impacto que tuvieron mis dos últimas crónicas, nunca lo habría imaginado. 

P.– No te extrañe, fueron magníficas. No siempre una imagen vale más que 500 palabras... 

R.– Creo que cuando estás tan sumergido en la situación y la competición no requieres de mucha concentración, ya que simplemente describes lo que estás viviendo en ese momento y las palabras fluyen con facilidad. Es cierto que al estar frente al ordenador apenas te mueves y que coges frío al poco rato de empezar a escribir. Esto es algo que no ayuda mucho, así como que caigan gotas de condensación sobre el teclado, pero es lo que hay... 

P.– Durante las etapas pasadas has hecho cosas muy novedosas, como volar drones de noche navegando a altas velocidades. ¿Planificas de alguna manera tu trabajo a bordo o esperas a que ocurran las cosas para luego contarlas? 

R.– Cada día hay bastantes frentes abiertos con diferentes peticiones por parte de la organización y el equipo. Una parte del trabajo tiene que ser bastante organizada y hay que saber combinarla con la otra, que es más improvisada según lo que pase a bordo. Cada día intento tener una idea sobre la historia que voy a contar, pero en cuanto ocurre algo importante  en el barco, pasa a tener prioridad sobre mi plan inicial. 

P.– ¿En algún momento de esta travesía te has preguntado «qué hago yo aquí»?

R.– No, nadie me dijo que iba a ser fácil, todo lo contrario. Desde que me surgió la posibilidad de luchar por este trabajo, hace ya dos años, me empecé a mentalizar de que podría pasar lo peor y debía estar mentalmente preparado. Creo que venirte abajo en las condiciones que a veces se dan a bordo sólo empeoraría la situación. No tienes otra opción que tirar para adelante con lo que hay, buscar la parte buena e intentar disfrutar de la experiencia.

P.– Leí un comentario en Facebook en el que alguien decía que no podía dejar de mirar una foto tuya en la que se aprecia la inmensidad del océano y el barco es apenas un pequeño triangulo rojo.  Al margen de la dureza y las obligaciones, ¿te has sentido en algún momento atrapado por la belleza salvaje del Gran Sur? ¿Existe la posibilidad de recrearse en la contemplación de esos paisajes únicos o no hay tiempo para nada más que trabajar?

R.– Sí. En una mis crónicas lo definí como un «espectáculo de la naturaleza». Te entra por todos los sentidos, te hipnotiza. Es cierto que existe la presión de producir el material que necesitas cada día, pero siempre que salgo a cubierta intento contemplar el paisaje, que suele ser la inmensa extensión del mar con el horizonte al fondo, pero siempre hay algo diferente, algo que lo hace especial. 

P.– Bromeabas hace poco con el hecho de que habías doblado el Cabo de Hornos no una, sino dos veces en muy pocas horas debido a la avería del barco, que os obligó a volver atrás para fondear y reparar la vela mayor. ¿Sentiste algo especial al entrar en el Atlántico después de la experiencia tremenda del Pacífico?

R.– La segunda vez sentí un poco de alivio; la primera, con la rotura de la vela mayor, no me dio tiempo a pensar, estaba totalmente sumergido en capturar la historia. Por lo que me pude informar antes de hacer esta etapa, una vez pasado el Cabo de Hornos las condiciones suelen ser más normales y se dice que lo peor ha pasado. Lamentablemente pude comprobar que no siempre es así, cuando los tres barcos de cabeza sufrieron una intensa ceñida de 30 a 35 nudos de viento que provocó la rotura del mástil del Vestas. La próxima vez, si la hay, creo que no sentiré tanto alivio.

P.– ¿Si la hay? 

R.– ¿Por qué no?

P.– ¿No te ves haciendo una vida normal después de esto?

R.– Creo que sí, aunque habrá que ver qué me depara el futuro... Tengo que decir que la propuesta de los barcos con foils para la próxima edición es muy atractiva y podría ser interesante estar involucrado.

P.– Ya veo que esto engancha. Cambiando de tema, las reglas de la regata te impiden ayudar a la tripulación. ¿Cómo es la relación con los compañeros? ¿Te ven como un intruso o eres uno más? 

R.– La situación del reportero a bordo de cualquier barco es muy compleja y delicada. Como dices no podemos ayudar a la tripulación a navegar el barco, pero sí en algunas tareas de convivencia como limpieza, achique y gestión de la comida. Colaborar lo máximo que está permitido en ese ámbito es clave para sentirte uno más de la tripulación. Esto conlleva también que la tripulación esté más abierta a colaborar en la producción del material audiovisual y por lo tanto obtener un mejor resultado en tu trabajo.

P.– Queda todavía un largo camino hasta la llegada (Newport, Cardiff, Gotemburgo y La Haya), pero, aunque el mar siempre marca las reglas, en teoría ya has pasado lo peor. ¿Qué retos te has marcado para las etapas restantes? ¿Hay algo que no hayas hecho todavía y que te apetezca? ¿Algún plano o enfoque pendiente? 

R.– Pues, sinceramente, ahora mismo no tengo ningún reto en especial mas que hacer mi trabajo lo mejor que pueda. Ya han pasado nueve meses de regata desde que empezamos la Etapa 0 en la Fastnet Race; nueve meses trabajando en un espacio muy pequeño y limitado. Llega un momento en que es difícil hacer cosas nuevas y diferentes, no es fácil ser original. Habrá que ver cómo se desarrollan estas últimas etapas, seguro que por el camino sucederán muchas cosas interesantes que valdrá la pena contar.