OPINION

 

Un robot en el agua "irrrespirable"

Sabíamos que había una «zona muerta» en la bahía, un lugar sin vida excepto por los tapetes de cianobacterias y algunas matas sueltas de posidonia en muy mal estado. En esa «zona muerta», buceando, no vimos nunca un solo pez, crustáceo o molusco.
Juan Poyatos

Los científicos del departamento de microbiología de la UIB en realidad lo habían ya predicho: «Se produce un efecto pluma con los emisarios de aguas fecales. Las aguas negras o grises son de diferente densidad, salinidad y temperatura que las aguas marinas, por eso se desplazan unos centenares de metros, hasta que se igualan determinadas propiedades, momento en el que se depositan masivamente en el fondo marino los restos orgánicos humanos».



Las primeras manchas rojas las hallamos por casualidad, y nos centramos en ellas, aunque enseguida descubrimos, gracias a los científicos, que eran cianobacterias, en principio no tóxicas. Supimos también que tenían una peculiaridad, podían crecer en lugares sin apenas oxígeno disuelto. Las manchas fueron por tanto las que nos señalaron el verdadero problema: la falta de oxígeno en el agua.



En el proceso natural de descomposición de la materia orgánica fecal se produce un consumo tan elevado de oxígeno que el agua se hace «irrespirable» para los peces y el resto de animales marinos o plantas comunes en estas aguas. Se acumulan en el fondo por tanto gran cantidad de gases propios de la descomposición y bacterias anaeróbicas.



La microbiología explicaba, a falta de un estudio más profundo, la presencia de los tapetes de cianobacterias y la falta de oxígeno, pero faltaba averiguar algo muy importante: ¿Qué extensión real tenía la «zona muerta»? ¿Dónde estaba situada exactamente? Era preciso cuantificar y circunscribir la «zona muerta».



El departamento de Matemáticas encontró la forma de responder a esas preguntas. Buceando con equipo tradicional no podíamos determinar la situación exacta de esos tapetes, los GPSs no funcionan bajo el agua y es difícil por tanto dar posiciones exactas o medir espacios. Tampoco podíamos hacer grandes recorridos visuales impulsados sólo por nuestras aletas, y era demasiado profundo para hacer un “arrastre” de submarinistas. La solución a esos problemas la aportó también la UIB.



El pasado 4 de octubre por fin salimos con el pequeño robot submarino a explorar la zona afectada. Siete personas a bordo, entre doctores, doctorandos, técnicos y submarinistas, trabajaron al unísono con increíble coordinación.



Los científicos de la universidad sabían bien lo que hacían. Cables, ordenadores, generadores, antenas, soportes, parecía un caos, pero no lo era. Se movían rápido y con agilidad en la barca, enchufaban y desenchufaban cosas, encendían aparatos y hablaban poco. Al llegar a la zona donde habíamos fotografiado las cianobacterias, 440 metros al sureste de la boca del emisario, todo estaba ya preparado. Con calma y con precisión, los técnicos lanzaron el robot con suma delicadeza al agua. Todo funcionó perfectamente, increíble pero cierto. Desde la barca uno de los doctorandos veía lo que el robot veía. Se programaron tres tipos de recorridos a diferentes profundidades y rumbos.



El objetivo era determinar si el robot submarino tenía capacidad técnica para identificar las áreas del fondo afectadas por el exceso de acumulación de restos fecales y proliferación de cianobacterias. La misión, la primera misión real del submarino de la universidad en la Bahía de Palma fue un éxito.



Determinó, tras varios días de trabajo en laboratorio, que el área estudiada, unos 1000 x 1000 metros tenía en su interior una «zona muerta» sin vida salvo cianobacterias, de unos 50 x 200 metros. Esta primera prospección, que verificó sólo una pequeña parte, un 10% aproximadamente, del área que se estima podría sufrir el efecto pluma del emisario, nos da una idea de la enorme capacidad y disposición de los científicos de nuestra universidad. Hemos dado un primer paso.



Ahora falta, y es vital y urgente, investigar más, saber más, tomar medidas efectivas y mitigar el daño hecho al mar a lo largo de los últimos años.



Aunque esa es ya otra cuestión.



ASÍ ES EL ROBOT



TURBOT. El robot-submarino utilizado para la prospección, bautizado como TURBOT, puede navegar sumergido durante ocho horas y hasta 200 metros de profundidad. La propulsión corre a cargo de dos motores eléctricos en horizontal y uno en vertical, dispone de focos, cámaras submarinas especiales y tiene capacidad de saber en todo momento su posición, velocidad, rumbo y profundidad, trasmitiendo todos los datos, en tiempo real, a la embarcación nodriza.



MISIÓN. Su principal misión, y para lo que ha sido desarrollado específicamente en Mallorca, es identificar zonas de gran contaminación submarina que afecten a la posidonia, aunque puede también revisar cables o tuberías submarinas. Lógicamente, se podrá utilizar, si fuera preciso, para misiones de rescate y vigilancia submarina. Los doctorandos y técnicos del proyecto están en estos momentos programando y equipando el submarino para que pueda, mediante telemetría láser, hacer mapas en tres dimensiones de, por ejemplo, pecios antiguos, lo que permitiría tener un catálogo para que los historiadores trabajen en modo virtual en esos hallazgos submarinos.