REPORTAJES

SOLIDARIDAD

La brújula de la Fundació Joves Navegants

Claudia Suárez Neuhaus (Buenos Aires, 1965), empresaria y navegante, relaciones públicas profesional y vital, dice de sí misma que ha nacido tres veces: la primera, en Argentina; la segunda, cuando llegó a España, en 1974, y la última, cuando se radicó en Mallorca, en 1999 porque cada cambio “es para no volver atrás”.
EMPAR ISABEL BOSCH

Hija y nieta de oficiales de la Armada Argentina, Claudia Suárez Neuhaus empezó a navegar de niña en el embalse de El Atazar  (Madrid), un mar sin sal ni oleaje ni corrientes en el que el viento rola de forma imprevisible entre montañas y barrancos. Poco más tarde,  en los largos veranos de su infancia,  se inició  en la mar salada, en El Toro,  actual Puerto Adriano (Calviá, Mallorca), donde sus padres tenían amarrada  embarcación, un Tornado 31. Por entonces Súarez Neuhaus tenía 13 años y dice que Puerto Adriano  «no era lo que es hoy y no sé  si era un premio o un castigo porque no sabías si era peor subir la cuesta hasta el pueblo a pie o en bici cuando volvías de la mar».

Madre de dos hijas de 25 y 21 años, respectivamente, opina que hay pocas mujeres en el mar «porque no se atreven» y enumera a algunas de las que ha conocido y admira como navegante.



Hace poco tiempo que vendió su barco, un Furia 1000, cuya nobleza acunó las travesías realizadas con sus hijas cuando eran niñas, para sustituirlo por un Benetau 211, un juguete, dice, de 7 metros de eslora que también vendió. Su sueño es adquirir un barco que le permita atravesar el Atlántico a vela o, en su defecto, enrolarse como tripulación de fortuna. 



Valorada cocinera por sus cocas y sus tortillas de patata a bordo, es la coordinadora de la Fundació Joves Navegants;  vocal de la junta directiva de ADN-Mediterráneo y voluntaria de la Associació d’Amics de l’Alzina, una entidad dedicada a la recuperación y restauración de  la barca  tradicional mallorquina de vela latina del mismo nombre, catalogada como BIC (Bien de Interés Cultural de protección del patrimono histórico español) y  para cuyo mantenimiento se necesitan recursos y, sobre todo,  manos como las de  Suárez Neuhaus, que pone las suyas en el cuidado del casco.



Como coordinadora de la Fundació Joves Navegants actúa de enlace entre el patronato y colaboradores; recluta voluntarios; organiza proyectos y busca financiación para esta entidad cuyo objetivo es ayudar a jóvenes  de Baleares en riesgo de exclusión social a encontrar su rumbo.



La fundación acompaña cada año a unos 300 jóvenes en una travesía iniciática de cooperación, trabajo, respeto y autoestima que, el año pasado, le valió el Premio a la Solidaridad concedido por la organización de la Ruta de la Sal, en la que participan.



Explica Suárez Neuhaus que los jóvenes llegan a la fundación derivados de los servicios sociales de los ayuntamientos baleares. La travesía en la que se embarcan dura cuatro días y en cada una participan 6 o 7 chicos y chicas, dos psicólogos o educadores sociales y 3 o 4 voluntarios de la fundación como tripulantes, entre estos, ella misma.



Cuenta que es extraordinario contemplar la transformación que experimentan los chicos y las chicas en el ultimo día de travesía, cómo la mar y, sobre todo, cómo la convivencia en el mar les cambia, puesto que, de alguna forma, parece que vislumbran un nuevo horizonte desde la cubierta del Galaxie, un queche de 21 metros que ha dado varias veces la vuelta al mundo y que, diseñado por el presitigioso arquitecto naval Dominique Presles, fue construido en 1979 en el astillero francés de Biot por Jean Pugliese. Donado en 2003 a la Fundación Joves Navegants, el Galaxie ha ayudado a más de 1.500 jóvenes a  fortalecer sus valores, tolerancia, empatía y autodisciplina. Muchos de ellos, asegura Suárez Neuhaus,  inician a continuación una satisfactoria carrera en el sector marítimo y todos ellos desarrollan amor por el mar. El objetivo actual de la entidad es poder incrementar las oportunidades formativas y laborales de los jóvenes en relación con el mar.



Tripulante veterana, dice de sí misma que le gusta la proa y no la caña y que cualquier actividad en la mar es de su agrado, que la del mar es una gran familia donde todos se conocen y que hay más piratas en tierra que a bordo. Recientemente se ha iniciado en la práctica de la pesca profesional y, cuando puede, se embarca con el patrón Blai Ferrando en el Morras II en el que comparte las 10 o 12 horas de faena como una más. A bordo a las 4.45 horas de la mañana, ayuda en la preparación del desayuno que se sirve entre las 6  y las 7,  y que consiste en pescado frito o gambas; cuando llegan al caladero y suena la sirena colabora tanto en la suelta de redes como en la recuperación; descansa en cubierta como puede cuando puede y echa una mano en la selección y calibre del pescado. De esta experiencia concluye que el trabajo es tanto que el pescado es barato.