HISTORIA, PATRIMONIO, LITERATURA

MENSAJES EN BOTELLAS

Genes y viento franco

La tradición de los Frers como diseñadores de barcos tiene más que ver con la genética que con estudios y diplomas.
OSCAR SICHES

La primera generación argentina de estos diseñadores mágicos descendía de hugonotes (protestantes franceses). El abuelo Johan Gotthiff Hermann, un danés de 21 años, había llegado en 1843 y se había dedicado a la agricultura y la ganadería. Había también una rama marítima: Patricio Lynch, de origen irlandés, otro abuelo que fue armador de la fragata Heroína y quien en noviembre de 1820 tomó posesión de las islas Malvinas en nombre de un país, Argentina, nacido cuatro años antes. 



No fue hasta 1926 que Germán Frers III decidió dejar sin rendir la última materia de la carrera  «para que no me llamen ingeniero», y dedicarse a diseñar su propio velero inspirándose en Colin Archer, el noruego de ascendencia escocesa que parió yates fuertes, gráciles y fiables. 



Germán diseñó más de 600 veleros y tuvo un astillero junto a su socio y primo Ernesto Guevara Lynch (padre del Che Guevara). Ganó la segunda regata Buenos Aires–Rio de Janeiro en 1950. Fue comodoro del Yacht Club Argentino de 1979 a 1986, año en que murió. Se le conocía en Sudamérica como «Don Germán». Había diseñado la clase Grumete, los Guanabara, sus Fjord, y se le veneraba.



Don Germán tuvo cinco hijos: Germán (Mancho), José (Pepe), Roberto (Tincho), Maria Elina y Delfina. A los 10 años, Mancho aprendió a navegar en Batitú, una clase anterior al Optimist que el Club Náutico San Isidro usaba en su escuela de vela. Con 15 años diseñó pequeños veleros y creó el Mirage, de 10 metros, primer casco de fibra construido en la Argentina. En 1967, el mítico Rod Stephens, del estudio Sparkman & Stevens de Nueva York y hermano de Olin, le ofrece entrenarse como diseñador naval con ellos. Tres años en Nueva York, vuelta a Buenos Aires y se pone a cargo del estudio de Don Germán, que farfullaba mientras «si el estudio diera dinero». En 1971 diseña el Matero, al que después de ganar la Admiral’s Cup ese mismo año se le conoce internacionalmente como «el 50 pies más veloz del mundo»



En 1972 sucedió un milagro en mi vida: Félix Duperrón, mi profesor de navegación en el Liceo Naval, me ofreció ir de navegador en el Matero en la regata Circuito Rio 72. Estaba en primer año de ingeniería y decidí dejar todo y recorrer en buque y autobús los 2.800 kilómetros que separan Buenos Aires de Río para poder ser tripulante del Matero y correr esa regata con Mancho al timón. En el equipo brasileño estaba el Pluft, ganador de la última BA-Rio, el WawaToo y el Saga. En el argentino, el Atrevido, el Matero y el Recluta II. En el de Estados Unidos, el American Eagle con Ted Turner al timón, el Charisma con Dennis Conner y el Sorcery. Sin saberlo, estaba totalmente rodeado de monstruos mundiales del yachting, presentes y futuros.



Me habían presentado a Germán, que acompañó el apretón de manos con un gruñido que me pareció que sonaba como «qué tal». A los Frers se les conoce y perdona su parquedad de palabra. Había muy poco viento y Mancho nos ordenó no movernos, ya que afectaría a la velocidad. Se pasó 13 horas al timón, no dijo ni 20 palabras. Sólo se movió un tripulante para buscar los bocatas. Mancho no era el patrón: era parte del barco. Ganamos, medio entumecidos, la regata. 



German «Mani» Frers, su hijo, graduado en Southampton y residente en Milán, continúa con una tradición que mucho más tiene que ver con genes que con estudios y diplomas.