HISTORIA, PATRIMONIO, LITERATURA

 

Un naufragio, diez muertos, un destierro y un hermanamiento

La tragedia del vapor Miramar, ocurrida hace 100 años en el Cabo Ortegal, conmocionó a la sociedad mallorquina de la época y ensalzó el valor de los pescadores gallegos que arriesgaron sus vidas para salvar a los náufragos. Un escritor fue condenado por atribuir al empresario Juan March la responsabilidad del accidente.
JOSÉ LUIS MIRÓ

El pasado mes de febrero se cumplió un siglo del naufragio del vapor Miramar, propiedad de la compañía Isleña Marítima, en el Cabo Ortegal. El suceso, que conmocionó a la sociedad mallorquina del momento, se saldó con la muerte de diez tripulantes, la pérdida de la embarcación y la condena y posterior destierro de un periodista y escritor mallorquín que responsabilizó de la tragedia al empresario Joan March. También supuso el hermanamiento de la ciudad de Palma con el pueblo pesquero Puerto de Cariño, muchos de cuyos habitantes pusieron en riesgo sus vidas para salvar a los náufragos mallorquines.



El Miramar, de 81 metros de eslora, 12 de manga, 1.600 toneladas y capacidad para 206 pasajeros, se dirigía a Cádiz tras haber tomado un cargamento de carbón en el puerto de Gijón. Hacia las tres de la madrugada del 9 de febrero, en medio de una densa niebla, el oficial que se encontraba de guardia advirtió de la presencia de una gran sombra a proa. El capitán trató de evitar el impacto dando marcha atrás, pero ya era demasiado tarde.



El vapor estaba encallado, sin posibilidad alguna de liberarse, y las olas batían violentamente contra su casco y los acantilados de la agreste costa gallega. Sólo dos de los botes de salvamento lograron mantenerse a flote tras ser arriados, por lo que la mayoría de la tripulación permaneció a bordo, en espera de recibir alguna ayuda. Una de estas embarcaciones auxiliares llegó milagrosamente a la Bahía de Cariño, una pequeña aldea ribereña, cuyos pescadores, con gran dificultad debido a la escasa visibilidad, prestaron socorro a los marineros y los condujeron a tierra. Éstos les señalaron el lugar exacto del naufragio, junto a los Aguillones del Cabo Ortegal. 



UN CABO MILAGROSO



Los vecinos de la localidad gallega se volcaron en el rescate de los tripulantes que habían quedado atrapados en el Miramar. Bordeando la «abrupta costa y venciendo las enormes dificultades que el camino ofrecía», según la crónica publicada por La Voz de Galicia el 10 de febrero, llegaron a los Aguillones.  Uno de los marineros, Jerónimo Llull, tras varios intentos frustrados, había logrado alcanzar tierra con un cabo atado a la cintura y estaba ayudando a evacuar el buque a través de la improvisada línea de vida. 



Los cariñeses, curtidos en las duras aguas donde convergen el Mar Cantábrico y el Oceáno Atlántico, no dudaron en sumarse al rescate. Su ayuda fue providencial para los 27  supervivientes. Los diez restantes, entre ellos el capitán Jorge Bennàssar Juan, perecieron «estrellados contra las rocas por un mar embravecido».  Las olas arrojaron dos de los cadáveres a la costa, pero, de acuerdo con el testimonio del periodista que participó en el operativo de salvamento (así se deduce del empleo de la primera persona del plural en la parte final de su crónica), «no fue posible subirlos a la ribera». 



La noticia del naufragio causó una gran consternación en Mallorca, especialmente en el barrio de Santa Catalina, donde vivían la mayoría de las víctimas, y fue objeto de polémica, ya que una parte de la población culpó de la tragedia al empresario Juan March Ordinas, En Verga, por haber propiciado la absorción de la compañía Isleña Marítima por parte de Trasmediterránea ese mismo año 1918. 



El escritor y editor Jordi Martí Rosselló, que firmaba bajo el pseudónimo de Es Mascle Ros, divulgó esta teoría en un libreto escrito en mallorquín y llamado El Miramar embarrancat, «narración versificada de la pérdida del barco y las víctimas, demostrando que si D. Juan March no hubiese vendido la Isleña, el vapor no había embarrancado», según se lee en la portada de un ejemplar digitalizado que conserva en su biblioteca privada el coleccionista y experto en patrimonio Manuel Gómez.



En esta publicación se acusa al famoso financiero malloquín de haber vendido para su propio beneficio la Isleña Marítima a «personas extrañas» que convirtieron un refinado buque de pasaje y correo en un «mísero carbonero». En un uno de los versos, Es Mascle Ros escribe: «A Cádiz va el Miramar, aquel barco señorito (…), de carbón todo manchado, navegando por aguas nuevas y dispuesto a dar prueba de que no lo hace de buen grado». En el siguiente capítulo interpela reiterdamente a March sobre «si no le da escalofríos ser el responsable de tanto dolor» y concluye que «quien vendió la Isleña es el causante de este mal».



Jordi Martí Rosselló, editor y único redactor de la publicación satírica Foch i Fum, fue juzgado por su libro sobre el Miramar y condenado a tres años, seis meses y veintiún días de destierro a cien kilómetros de Palma, así como al pago de una multa de mil pesetas, después de que Joan March lo demandara por injurias. La pena se hizo efectiva en 1920, dos años después del naufragio. Es Mascle Ros, fallecido en Palma en 1973, se tuvo que ir a vivir a Barcelona y la revista no se editó durante los dos años siguientes.



HERMANAMIENTO



Los 100 años de la tragedia del Miramar lo son también del hermanamiento de la ciudad de Palma y el pueblo ahora llamado Puerto de Cariño (entonces aldea), de 4.137 sus habitantes. El vínculo entre ambas localidades fue promovido por el alcalde de la capital balear en 1918, Pedro Martínez, quien remitió un telegrama de agradecimiento a su homónimo en la pequeña población gallega y le invitó a estrechar lazos mediante la fórmula del hermanamiento. 



Las huellas del Miramar todavía son visibles en Cariño, en cuya iglesia de San Bartolomé permanece instalada la campana del vapor mallorquín, uno de los pocos objetos que pudieron salvarse del naufragio junto a su aldea. 



Una calle del barrio de Es Fortí en Palma lleva el nombre de puerto de Cariño y un trozo del cabo a través del que los supervivientes alcanzaron la costa fue ofrendado al Sant Crist de la Sang  el mismo día en que éstos desembarcaron en el puerto de Palma y desfilaron hasta la iglesia del Hospital General en medio de escenas conmovedoras que también fueron recogidas por Es Mascle Ros en un poema que escribió para el actor Juan Forteza: «Es muy triste para mí este día / por todas partes reina el desconsuelo / ya no existe la alegría / todo murió aquel triste día / La Roqueta viste de duelo...»