HISTORIA, PATRIMONIO, LITERATURA

 

12 básicos de la literatura del mar

Los libros de temática marina de los que no se puede prescindir según el filósofo y escritor Johannes Von Horrach. Este artículo ha aparecido publicado en primicia en la edición del mes de abril de la revista A bordo, del Real Club Náutico de Palma.
JOHANNES VON HORRACH

Muchas veces olvidamos que la vida nació en el mar. Pero, con decenas de siglos de arraigo en tierra firme, el mar se convirtió en el ámbito de lo desarraigado, de la otredad y aventura incontrolable. La literatura marina es tan antigua como la escritura, y en ese sentido, el mar sería el escenario idóneo de la confrontación total con la existencia: nos pone a prueba, revelándonos de qué material estamos hechos. Naufragios, tesoros ocultos, tormentas devastadoras, barcos fantasmas como el Holandés Errante. Hay que perderse en el mar para, al regresar, poder ser uno mismo, aun con el riesgo de sumergirse “en el gran sudario” (Moby Dick) líquido. De esa potencia ambivalente, esa calidez líquida que nos acaricia o el abrazo brutal que nos lleva hasta las profundidades, dan buena cuenta estos clásicos de lo marino.



La Odisea, Homero (siglo VIII aC):



El poema épico de Homero, que relata las peripecias de Ulises durante 10 años a su regreso de Troya, supone una cartografía originaria de todo el Mediterráneo, interpretando la deriva como método de conocimiento, asumiendo así la interrogación que supone la navegación. Lo mítico del viaje de Ulises, con sus elementos sobrenaturales, no supone un rebajamiento de la verdad experiencial de la historia, de lo que es símbolo de lo humano en el momento justo en que nuestra civilización europea comenzaba a andar. O, mejor dicho, a navegar.



Diario de a bordo, Cristóbal Colón (1492-1504):



Transcritos por fray Bartolomé de las Casas, los diarios que el almirante Colón elaboró a bordo de la carabela Santa María son un testimonio único sobre la hazaña portentosa de atravesar un océano inexplorado y descubrir un continente. Y, como muchas de las aventuras más deslumbrantes del ser humano, se descubrió algo un poco sin querer, acuñándose en este caso la lección “descubrir América buscando las Indias”.



Robinson Crusoe, Daniel Defoe (1719):



Considerada como la primera novela inglesa, narra las aventuras de Crusoe, que en una expedición marina por África es capturado por unos piratas y convertido en esclavo. Escapa ayudado por un capitán portugués, pero sufre un naufragio del que es el único superviviente en una isla en apariencia desierta pero que está habitada por caníbales. Teñida del idealismo colonialista de la época, retrata el choque material y cultural que supone para un europeo salir con vida en un claustrofóbico contexto salvaje.



Narración de Arthur Gordon Pym, Edgar Allan Poe (1838):



Poe relaciona en esta narración el repetorio habitual de las historias marineras con elementos incluso sobrenaturales, con epicentro en los ignotos mares antárticos. El protagonista, Pym, enrolado clandestinamente en el ballenero Grampus, vive desde primera línea toda una serie de sucesos escabrosos (canibalismo, cadáveres descompuestos, violencia sanguinaria), una especie de periplo infernal por las sinuosidades marinas. Poe nunca llegó tan lejos en cuanto a imaginación truculenta como aquí, y para sus intrahistorias se inspiró en las expediciones polares, muy famosas por entonces, o en leyendas de naufragios.



Moby Dick, Herman Melville (1851):



Obra maestra del género y de la literatura en general, con un inicio fascinante y poderoso, Moby Dick retrata la persecución de una ballena blanca a la que se da este nombre, obsesión enloquecida del satánico Ahab, capitán del Pequod y protagonista de la novela junto al narrador Ismael. “Sólo en estar lejos de tierra reside la más alta verdad, sin orilla y sin fin. Más vale perecer en ese aullar infinito que ser lanzado sin gloria a sotavento”.



Tanto la obsesión de Ahab, cuya pierna izquierda fue arrancada en el pasado por la ballena, como la propia Moby Dick, son metáforas, pero tan ambiguas que han generado centenares de opiniones para desentrañar su sentido. Navegar por estas páginas depara todo tipo de hallazgos, y tal vez uno de ellos sea que la racionalidad se pone muchas veces al servicio de la demencia.



20.000 leguas de viaje submarino, Jules Verne (1870):



A diferencia de otros relatos marinos, en este caso las profundidades cobran especial relevancia, pues en lugar de un barco se navega con un submarino, el mítico Nautilus del capitán Nemo, que les permite atravesar el mundo conocido. Y también el desconocido: la Atlántida. Nemo lleva como prisionero al narrador de la historia, el biólogo Pierre Aronnax. Como en un relato de Poe, Verne se refiere aquí al famoso Maelstrom, el gran remolino ubicado (realmente, aunque a menor escala que en la ficción) en Noruega: las fauces del mar en su dimensión más fascinante y destructiva, un vórtice que llegaría hasta el fondo del océano.



La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson (1883):



Las peripecias del avispado niño Jim Hawkins, que tras el asesinato de su padre, dueño de la posada Almirante Benbow, se enfrenta a unos piratas por un tesoro escondido en una isla abandonada del Caribe. Dejó para la posteridad el personaje del corsario Long John Silver, contramaestre del Walrus del legendario Captain Flint. Stevenson creó una imperecedera iconografía sobre los piratas que desde entonces fue muy imitada: loros sobre el hombro, patas de palo, mapas del tesoro (señalando con una X su ubicación exacta), islas tropicales.



Lord Jim, Joseph Conrad (1900):



Como en el resto de su obra, Conrad contruye esta novela sobre una idea de moralidad en carne viva, que pone sobre la mesa la trágica existencia humana. Lord Jim trata de expiar su pasado de responsabilidad, a pesar de ser absuelto, de un suceso vergonzoso como fue el abandono del Patna, barco que llevaba peregrinos a La Meca, cuando parecía que se iba a hundir en las aguas. Perseguido por el oprobio, incluso cuando trata de mantener oculta su identidad, Jim se ve obligado a huir hacia el este; primero, de puerto en puerto; después, “marino exiliado del mar”, tierra adentro, donde acaba encontrando su trágica redención. La historia está narrada por un marinero, el capitán Marlow, protagonista del fascinante El corazón de las tinieblas.



El lobo de mar, Jack London (1904):



London, otro hombre de mar reciclado en novelista de sus experiencias al límite, retrata aquí las peripecias de Humphrey van Weyden, un crítico literario enrolado en la goleta Fantasma, del despiadado capitán Lobo Larsen. La realidad de a bordo, teñida de brutalidad y riesgo pero subrayada por acotaciones de sabiduría cínica, supone el escenario nietzscheano (idea sobre el Superhombre) del duelo entre ambos hombres, una metáfora de la vida como lucha salvaje donde “la victoria tiene muy poco que ver con la justicia” (Orwell). Van Weyden se ve obligado a endurecer su fina sensibilidad para sobrevivir a esa prueba sobre las aguas.



El viejo y el mar, Ernest Hemingway (1952):



Cuenta la historia de un viejo pescador, Santiago, que se hace a la mar en busca de una pieza importante. La encuentra, aunque la lucha para capturarla se prolonga durante tres largos días. Pero tras el éxito viene la decepción: el enorme pez espada, atado a un lado de la embarcación, irá siendo devorado por los tiburones en el regreso hacia tierra firme, quedando del triunfo sólo un esqueleto de espinas. Hemingway reconocía en esta obra una metáfora de la carroñera crítica literaria.



Relato de un náufrago, Gabriel García Márquez (1970):



La agónica historia, basada en hechos reales, de un hombre que permaneció 10 días infinitos a la deriva, en una escalofriante experiencia de soledad humana. La narración de García Márquez acabó desvelando que el naufragio no se había producido por una tormenta, sino por una negligencia derivada del contrabando. Así, su protagonista, Luis Alejandro Velasco, pasó al olvido tras haber sido considerado un héroe de Colombia, y su autor tuvo que exiliarse en París.



Hacia los confines del mundo, Harry Thompson (2005):



Narra la historia del capitán del mítico Beagle, Robert FitzRoy, que llevó a Darwin en su fascinante viaje por el mundo (1831-1836) que cambió la historia de la ciencia. Junto a la recreación de tan épico y variado itinerario, el autor contrapone estas dos figuras, ambas idealistas aunque una se escore hacia lo religioso y la otra se aferre al método científico.