LA CARTA NAUTICA

 

El Atlas mallorquín

JUAN ENSEÑAT COLL
Corría el año 2014 cuando Cataluña adquirió, por sesenta mil euros, un mapa hecho por un tal Guillem Soler. La noticia no redundó, porque era de poco interés. Tampoco redundaron las manifestaciones públicas del adquirente, concejal de Cultura de Barcelona, diciendo que la ciudad había comprado una carta náutica catalana del siglo XIV.

Además de la ignorancia del susodicho, ya que Guillem Soler jamás hizo cartas náuticas, sino portulanos, se apropia de un insigne ciudadano mallorquín perteneciente a la escuela de cartografía mallorquina. Guillem Soler escribía en mallorquín, había nacido y vivido en Mallorca y había tenido una hija que no se llamó Mercé ni Montse, sino Margarita.



La escuela de cartografía mallorquina comienza en el año 1339, fecha del primer portulano de Angelí Dolcet. En 1375 Abraham Cresques y en 1385 Guillem Soler hicieron lo propio. Hasta el siglo XVI, período de duración de la escuela cartográfica mallorquina, existen más de 400 portulanos catalogados. Esta escuela contó con cartógrafos mallorquines tan importantes como los nombrados y otros no menos importantes: Guillem Cantarelles, Juan y Gabriel de Vallseca, Jafuda Cresques (Jaume Ribes), Jacomé de Mallorca, Pere Rosell, Jaume Bertrand o Samuel Corcos.



Pero aquí no acaba este indignante expolio cultural, ni empieza: Abraham Cresques, mallorquín cartógrafo y brujulero hizo un mapa datado en 1375. Un mapa que le encargó el infante Juan antes de ser el Rey Juan I de Aragón y que regaló tontamente a su primo, el Rey Carlos VI de Francia cuando contaba con sólo 13 años de vida. Este famoso mapa se conoce como el «Atlas catalán», un mapamundi excepcional y único por ser el primero que incluye una rosa de los vientos y por ser de una belleza que todavía hoy no se ha superado.



Nadie se ha preguntado nunca por qué se le llama «Atlas catalán» y no «Atlas mallorquín», que sería lo más lógico teniendo en cuenta que el mapamundi se hizo en Mallorca, su autor era mallorquín y sus inscripciones están escritas en mallorquín antiguo. Investigando en libros de cartografía y buscando en lo más profundo de la red, sólo encuentro algún comentario de opinión que dice que se llamó atlas catalán porque sus inscripciones estaban escritas en catalán o porque, flipen, lo encargó un catalán –por lo visto, tampoco se salvan del expolio cultural los aragoneses–. Por este mismo disparatado criterio, el portulano del mallorquín Guillem Soler adquirido por Cataluña también se ha transformado en catalán.



Revisando estudios de historiadores de la UIB y otras universidades catalanas –excluyendo a los filólogos catalanes por ser marionetas de la mamandurria nacionalista y grupis de Lluis Llach «el plasta»–, se evidencia que su criterio sigue un objetivo común: poner en duda la existencia de la escuela de cartografía mallorquina, inventando argumentos insostenibles y concluyendo que todas estas cartas náuticas y cartógrafos mallorquines de la Edad Media tenían origen catalán y obedecen a un estilo «catalán». Así lo rebuzna, entre otros y otras, la erudita de copia y pega, María Baig i Aleu (2001, CEHIC de la Universidad Autónoma de Barcelona)



Estos fantoches tergiversadores e inventores de la historia son los mismos que defienden que Cristóbal Colón y Ramón Llull eran catalanes y que la Corona de Aragón era, en realidad, la Corona de Cataluña… y Aragón.



El concepto de «Escuela de Cartografía Mallorquina» fue introducido por el catedrático Julio Rey Pastor en 1960 (La cartografía mallorquina, CSIC) y aglutina a los cartógrafos mallorquines que transmitieron al mundo un estilo común de elaborar y adornar portulanos durante los siglos XIV al XVI. Su existencia es incuestionable, como incuestionable es su procedencia.



Sirva ésta como denuncia y ejemplo del continuo expolio que sufre nuestra cultura, lengua y patrimonio por parte de las huestes radicales catalanas y, lo más triste, también por muchos de nuestros sometidos y baldragas gobernantes.



 

Navegación sostenible

Para no parecer menos ilustrado que mi querido amigo Diego Riera, empezaré esta carta náutica con una cita de Jean Baptiste Colbert, ministro de Finanzas en la época de Luis XIV de Francia: «El arte de los impuestos consiste en desplumar al ganso de forma tal que se obtenga la mayor cantidad de plumas con el menor ruido».

 

Furor ecologista

La ignorancia es el principal caldo de cultivo para el éxito de la ecología distópica: la que nos vende el fin del mundo por causas antropogénicas evitables. Miles de informes, conferencias, congresos y subvenciones públicas y privadas hacen de sus miembros destacados personas económicamente privilegiadas. Su representante internacional más conocido sea quizá Al Gore, defensor a ultranza de la teoría del calentamiento global, dueño de una mina de cinc y frecuente viajante en jet privado. Un ecologista ejemplar de medio millón de dólares por conferencia.

 

El informe de los seiscientos mil pavos

Cuatro «privilegiados» biólogos marinos se van a gastar seiscientos mil euros de las arcas públicas en hacer un censo de los peces en las reservas marinas de las Islas Baleares.

 

Sal de Mallorca

"Como parece inviable devolver las islas al medievo, los políticos nos presentan un futuro distópico en el que Mallorca aparece arrasada por los turistas y sus despiadados púberes".


 

Estamos desnortados

¿Se merece Mallorca un museo marítimo? mi carta náutica de este mes es una crítica –autocrítica- a los mallorquines, que están tan desnortados como la veleta del Hostal Cuba, que apunta adonde le sale de la higa.

 

Simposio de clubs

Aprovechando la celebración del II Simposio Nacional de Clubs Náuticos, que tendrá lugar en el RCN de Palma a finales de este mes, comentaré un par de temas que creo se han dejado de lado o no están reflejados en su programa y, en mi opinión, deberían tratarse.

 

Un mar de ignorancia

Hay gente cuya ignorancia lucha encarnizadamente con su desconocimiento para hacerse sitio en el hueco de su cabeza, y créanme que lo consiguen. Es el caso de una consellera de mucho peso en el Govern Balear llamada Esperanza Camps, que ha espetado, en referencia a la programación actual de IB3, la siguiente gilipollez: «quiero menos campo, menos mar y más cultura».