CARTA DE LA DIRECTORA

 

Todos contra la contaminación marina

Elena Pipó
Tras el descubrimiento por parte de Gaceta Náutica de cianobacterias en la Bahía de Palma, provocadas por los vertidos de aguas fecales, ha llegado el momento de buscar soluciones y exigir a los poderes públicos que controlen la calidad de las aguas e inviertan en nuevas depuradoras. Los ciudadanos, por nuestra parte, debemos tomar conciencia de que el problema empieza por la gestión particular que hacemos de los residuos.

Pese a las lógicas precauciones que adoptamos en la información exclusiva del mes pasado sobre la presencia de unas extrañas manchas rojas en el fondo de la Bahía de Palma, hay varias cosas que ya se pueden dar por sentadas desde el punto de vista científico y que nos obligan a realizar unas cuantas reflexiones.



La UIB confirmó que se trata de cianobacterias cuyo origen es debido, casi con total seguridad, a un exceso de contaminación provocado por los vertidos de materia orgánica del emisario submarino de Ciudad Jardín. Estos microorganismo no son tóxicos, pero sí un síntoma de una patología medioambiental grave, pues para su desarrollo requieren de la carencia de oxígeno en el agua. Los peces que habitan las zonas afectadas por las manchas pueden escapar, pero no así, por ejemplo, la pradera de posidonia oceánica, que ya presenta un aspecto moribundo, según demuestran las fotografías publicadas el mes pasado.



Nos consta que Emaya, la empresa responsable de la depuradora y de la tubería, se ha asegurado de que lo publicado es cierto y riguroso. Ya lo sabe de primera mano. Ahora hay que ver qué está dispuesta a hacer para revertir la situación. Esperamos que sea algo más que lamentar la falta de financiación para renovar las infraestructuras de saneamiento de agua.



Hemos detectado un problema grave y es el momento de ver cómo podemos resolverlo entre todos. No se trata de culpar al político de turno ni de judicializar el asunto. Están muy equivocados, y no merecen que se les preste la menor atención, quienes ven en nuestro trabajo extrañas motivaciones políticas. Si lo hemos publicado ahora, es porque no hemos dispuesto del material con anterioridad. Así de simple.



De hecho, pensamos que de nada serviría encontrar un chivo expiatorio. La cuestión no es ésta, sino frenar, o en su defecto minimizar, la contaminación marina dentro de unos plazos razonables. Estas son nuestras tres propuestas.



1. CONTROL EXHAUSTIVO DE LAS AGUAS



Hay que empezar, en primer lugar, por ser realistas y aceptar que esto no se arregla en dos días. Los vertidos no se podrán detener a corto ni a medio plazo. Si esto es así, cabe exigir con firmeza a las autoridades que controlen la calidad de las aguas en las desembocaduras de los emisarios y mantengan informada a la población con bastante más frecuencia de la actual. Si sus análisis no han sido capaces de detectar una colonia entera de cianobacterias y ha tenido que ser esta humilde publicación, con sus limitadísimos recursos, la que dé la voz de alarma es que algo falla. Ahí hay un gran margen de mejora. Cuando los niveles de contaminación sean inaceptables para la salud humana, las empresas públicas responsables de las depuradoras han de ser transparentes y emitir un comunicado oficial desaconsejando o prohibiendo el baño y otras actividades humanas en la zona que corresponda. Sin miedo y con transparencia.



La UIB, que dispone de equipos y personal especializado, puede ayudar mucho en esta tarea, ya sea aportando su tecnología o creando modelos de contaminación específicos para los vertidos de aguas fecales basados en las corrientes marinas y otras variables.



2. INVERSIÓN EN DEPURADORAS



En segundo lugar, ha quedado claro que muchas de las depuradoras actuales deben ser clausuradas y sustituidas por unas nuevas. Teniendo en cuenta la población actual de ciudades como Palma y el incremento que se produce en temporada alta, hay que plantear la inversión en nuevas infraestructuras a largo plazo. El objetivo, dado que la economía balear está basada en el turismo –y, por tanto, en la imagen–, ha de ser ambicioso: no verter al mar aguas fecales que no hayan recibido un tratamiento de descontaminación total (terciario) y hacerlo a través de nuevos emisarios cuya desembocadura esté lo más lejos posible de la costa.



Todo esto cuesta mucho dinero (más de 200 millones de euros, según Emaya; bastante menos, en opinión de expertos independientes consultados por Gaceta Náutica), pero no queda más remedio que gastarlo. Una comisión de expertos debería buscar la mejor solución técnica y económica para que en no más de cinco años Baleares haya conseguido reducir sus niveles de contaminación. Por desgracia, no vemos que este gravísimo problema esté en la agenda de nuestros políticos ni suscite, salvo cuando hemos publicado las impactantes imágenes del emisario de Ciudad Jardín a pleno rendimiento, un excesivo interés por parte de la opinión pública. La suciedad puede esconderse temporalmente debajo de la alfombra, pero no siempre. Nuestro mar está enfermo,hay que hacer algo y hay que hacerlo ya.



3. CONCIENCIACIÓN CIUDADANA



Por último, no se puede negar que existe una responsabilidad del conjunto de la ciudadanía. No basta con decir que uno paga sus impuestos y que la culpa de todo es de los políticos y los funcionarios. La mayor parte de la contaminación marina, como hemos venido sosteniendo desde hace años, procede de tierra y de la mala gestión individual de los residuos.



Cuando alguien deshecha un plástico o una toallita a través del inodoro, está introduciendo un vicio de origen que complica mucho el proceso de saneamiento. Esta falta bastante generalizada de diligencia se aprecia perfectamente en los días de tormenta, cuando los emisarios transportan, además de las aguas residuales, los detritos de las pluviales.



Un vertido de jabón en la vía pública o una colilla arrojada al suelo son residuos que terminan siempre en el mar. Los ciudadanos deben ser conscientes de ello y actuar en consecuencia. Habrá quien obre con negligencia deliberada, pero será, sin duda, una minoría. La mayoría de la gente está dispuesta a colaborar. Se echa de menos, en este sentido, una campaña destinada a concienciar a la población de que nuestro mayor tesoro es el mar que nos rodea.



 

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