ENTRE EL CIELO Y LAS OLAS

 

Las «superolas» del Golfo

PIPE SARMIENTO
Hay dos libros que han tratado de los temporales en el Golfo de León, lugar de la desaparición del velero Sirius, y que suelen ser recurrentes a la hora de estudiar los naufragios en esas duras y cercanas aguas cuando sopla la Tramuntana con intensidad: Navegación con Mal Tiempo, de Adlard Coles, la Biblia de los temporales, y mi modesta contribución, Temporales y Naufragios, en el que, precisamente, narro la catástrofe acaecida en la regata Nialurgue de 1995 en el Golfo de León, con un balance de 10 muertos, 40 personas rescatadas y varios barcos abandonados. En este libro también investigué el naufragio de mi amigo Eugenio Pire en las costas de Cerdeña, tras correr también durante tres días una fortísima Tramuntana.

En ambos casos, cuando hablé con algunos de sus protagonistas, se refirieron a olas rompientes descomunales que aparecieron de improviso, que volcaron los veleros. En realidad, se trata de un fenómeno frecuente cuando la fuerza del viento pasa de los 40 nudos; se llaman «superolas» y se forman por los bruscos y repentinos roles en la dirección del viento predominante, que cogen por sorpresa a los trenes de olas que vienen siguiendo la dirección del viento de una forma relativamente ordenada. En el cantábrico, cuando hacíamos surf, las llamábamos las Marías: tres olas más grandes que las que estaban rompiendo ese día, y que, en ocasiones, podían doblar su altura. Se repetían cada 30 ó 40 minutos.



El petrolero Prestige también se rompió por su banda de estribor a causa de una de estas «superolas». Los navegantes oceánicos que participan en las grandes regatas por los mares más duros del planeta también las describen como anomalías en la llegada de los trenes de olas que les alcanzan con forma piramidal, y que provienen de una dirección distinta de la reinante. Y, si a todo ello le sumamos la poca distancia que hay entre las olas en el Mediterráneo, nos encontramos con una de las razones por las que pudo hundirse el Sirius, pues, al tratarse de un barco de madera antiguo, seguramente, y tras un vuelco, los cierres de sus tambuchos y escotillas eran mucho más susceptibles de romperse que las modernas unidades de fibra. Y, una vez que el barco comienza a llenarse de agua, con semejante mar vapuleándote, es prácticamente imposible salvarlo, por mucho que dispongamos de una bomba de sentina.



En todos los casos que he estudiado a lo largo de estos 50 años de mar, la única salida a esta complicada situación es botar la balsa salvavidas; algo muy difícil en esas circunstancias, dado que no se suele tener experiencia en su manejo, y su excesivo peso tampoco ayuda en la tarea. Además de activar la baliza de emergencia, si la hay, y que en mi opinión, todo barco que se aleje de la costa más de 20 millas debería llevar a bordo; después, solo queda esperar a que vengan a rescatarnos.



Por ello, es muy importante que los patrones y capitanes de yate, que son los que están autorizados a hacer travesías como la del Sirius, realicen los ejercicios que imparte el Centro Jovellanos de Asturias, donde se obtiene la nueva cualificación profesional para ser patrones de barcos de alquiler. Allí, expertos marinos te adiestran en el lanzamiento de una balsa con mala mar, apagar fuegos a bordo, evacuar a tripulaciones con orden y seguridad, y otras muchas cosas necesarias a la hora de ofrecer a tus pasajeros una navegación segura cuando el tiempo se pone feo.



El posible naufragio del Sirius fue un accidente inesperado, sobre todo por haber sucedido en un periodo en el que el Golfo de León no suele comportarse de la forma tan dura como lo hizo ese día. Sin embargo, navegar es asumir siempre lo incierto desde el mismo momento que largamos las amarras, por mucho que pueda parecer demasiado fácil una pequeña travesía de apenas 180 millas.



Como decía un gran marino del pueblo vizcaino de Plencia donde crecí en las cosas de la mar, «los temporales, si se puede, siempre se han de pasar en la barra de un bar con una buena cerveza. Y si te alcanza uno de forma fortuita, pon sobre la cubierta todo lo que aprendiste basado en la experiencia de los demás».



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Nueva norma ilícita de la Marina Mercante

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Las otras carabelas de Colón

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