OPINION

BOTÓN DE ANCLA

Juan Pérez, el explorador mallorquín que llegó más al norte que nadie

Nació en el barrio palmesano de Santa Cruz y murió navegando en aguas del océano Pacífico tras numerosas travesías en las que se ganó la fama de ser el piloto más avezado de su tiempo
ANTONIO DEUDERO

En el artículo de noviembre, sobre la campaña naval en la alta California que lideró Fray Junípero Serra, mencioné de pasada a un marino mallorquín sobre quien quiero detenerme ahora un poco. Se trata de Juan José Pérez Hernández (Palma de Mallorca, 1725 - algún lugar del Pacífico, 1775), oficial de la Real Armada española, nacido en la zona de la parroquia de la iglesia de Santa Cruz, conocida entonces como la Ribera de Palma, barrio marinero de Ciutat por excelencia, no en vano unos lustros antes allí mismo había nacido nuestro gran marino Antonio Barceló, Es Capità Toni, que llegó a ser Teniente General de la Real Armada y resaltando entre sus campañas el asedio a la aún hoy tristemente famosa colonia de Gibraltar.



Juan Pérez se formó como piloto de carrera y oficial de la Armada, tras lo cual sirvió con éxito en la llamada “Ruta de Filipinas”, que unía los lejanos puertos de Acapulco y Manila. Por tal motivo fue escogido para ayudar en la campaña de la Alta California y, si bien en realidad su rango en la marina era de Alférez graduado, el propio Fray Junípero Serra se refería al marino como “Capitán don Juan Pérez, comandante del paquebote San Antonio”. Tal era su pericia marinera que Fray Junípero lo describía así “en la travesía de La Paz a Monterrey, lejanas en más de 2.000 millas, debido al conocimiento que tenía de mareas y vientos el osado marino mallorquín, aunque salió un mes y medio después que el San Carlos, llegó a destino con el San Antonio veinte días antes”.



Uno de los hitos más relevantes de Juan Pérez fue el de navegar hacia la máxima latitud Norte conocida hasta la fecha, siguiendo las indicaciones que al efecto mandó Carlos III a fin de que se reconociera la costa en búsqueda de posibles asentamientos rusos, que se pensaba que la Zarina Catalina II la Grande había ordenado que se establecieran. Tal era el aprecio y respeto que consiguió este marino que el propio Virrey Revillagigedo escribió que era el escogido para esa tarea “por ser el piloto que con más acierto concluyó sus viajes”. En la expedición llegó a subir hasta las 55 grados de latitud Norte, concretamente hasta la bahía de Nutka. Lo sorprendente es que, además de sus tareas como marino, desarrolló una prolija actividad como etnógrafo, elaborando unos informes que han quedado como modelo de precisión de datos técnicos y proporcionando con ello grandes avances en el conocimiento de gentes y costumbres de las regiones exploradas.



Fiel a su estilo de vida, Juan Pérez dejó este mundo navegando, siendo su fallecimiento muy sentido por todos los que le acompañaban a bordo. Las honras por su fallecimiento no pudieron hacerse hasta un año más tarde, una vez que hubo regresado el barco a la misión de San Carlos. Cuentan las crónicas que fueron “con misa cantada y varias rezadas en atención a haber sido el descubridor de los puertos de San Diego y Monterrey”. Por el particular y distinguido mérito que caracterizó a Juan Pérez en la que fue su última expedición para explorar y conocer la costa de California Septentrional, el Rey firmó el 28 de febrero de 1776 un decreto por el que se le concedía a título póstumo el ascenso a Teniente de Fragata.