HISTORIA, PATRIMONIO, LITERATURA

 

Hijas del mar

Rosalía de Castro escribió su primera novela con sólo 22 años. En ella narra la relación de un grupo de mujeres gallegas con un apuesto marinero que resulta ser un “rey de las Tinieblas”. La obra sorprende por su intensidad poética y la vigencia de sus reivindicaciones.
BEGOÑA MÉNDEZ

Rosalía de Castro (Santiago de Compostela, 1837- Padrón, 1885) escribió con 22 años su primera novela, La hija del mar: una obra que sorprende por la intensidad poética con que retrata la belleza de la costa gallega, así como por la vigencia de sus reivindicaciones feministas. La autora realiza una encendida defensa de la dignidad de la mujer y denuncia la violencia doméstica como un ejercicio de poder machista. Con La hija del mar Rosalía quiere dar voz a las mujeres sin voz, a las desheredadas de la historia. Nacida en un momento de tristeza, confiesa la autora en el prólogo, la novela busca tal vez cerrar una herida antigua y todavía abierta, y es que Rosalía, al nacer, fue registrada como “hija de padres incógnitos”. Abandonada por su madre, una joven soltera y sin solvencia económica, se quedó bajo la tutela de una tía paterna hasta que la madre volvió pocos años después para quedarse definitivamente con ella.



Para Rosalía, la historia acabó con la recuperación del cariño de la madre. Pero el relato que protagonizan las expósitas de La hija del mar es otro muy diferente. Teresa, Esperanza y Candora no son mujeres corrientes sino ondinas descalzas, oscuras y bellas como un cielo plomizo o una gruta silenciosa. Tienen el don de entrar en éxtasis con el trueno y con los azotes del viento. Estas criaturas saladas se abisman en el verde fosfórico de las algas y en la negrura oceánica. Las gentes sencillas las veneran como al lirio blanco y las temen como al mar irritado. Arrobadas como poetas, se confunden con la espuma blanca y con la fría niebla. Comprenden la melodía sobrenatural de las olas brillantes chocando contra El Santuario de Nuestra Señora de la Barca y sienten en su corazón el cansancio del granito y de la piedra negra.



Pero para conocer bien a estas mujeres indómitas primero hay que dejar que el mar nos traiga a Alberto. Desembarca un marinero extranjero esbelto y guapísimo, un hombre de ojos azules y nariz perfecta, vestido con ricas telas. Este seductor pirata que ofrece aventuras exóticas y romances apasionados es, en realidad, la encarnación del despotismo patriarcal, del abuso machista y de la violencia doméstica que se ejecutan en nombre del matrimonio, de la familia o del amor. Lo cierto es que Teresa, Candora y Esperanza serán despedazadas por su influjo, casi como barcas a la deriva en un océano embravecido e inclemente. ¿Quiénes son las víctimas de este rey de las Tinieblas? Primero está Teresa la expósita, esposa de Alberto y madre de su hijo, un niño que funestamente será engullido por el mar cuando es todavía pequeño. Pero el pirata, que abandona muy pronto a su mujer, no conocerá la muerte de su hijo hasta muchos años después, cuando decida regresar a Muxía para sorpresa de todos. Después está Candora, amante de Alberto; sin padres ni raíces que la retengan en América, marchará con él a Galicia, donde dará a luz a una hermosa criatura. Alberto, sospechando injustamente que Candora le fue infiel en sus ausencias, cogerá a la niña y la abandonará en una roca fría cerca de la Peña Negra. Finalmente está Esperanza, la niña abandonada en el mar, la hija de Candora y Alberto. Unos pescadores la encuentran y la llevan a Muxía, donde Teresa se hará cargo de ella. Cuando el seductor pirata regresa a por Teresa se enamora de Esperanza, sin saber que se trata de su hija. Madre e hija adoptiva sufrirán todo tipo de humillaciones, de insultos y de abusos por parte del canalla. Consiguen librarse de su yugo, pero el daño ocasionado es ya irreparable y se vuelven locas. De forma magistral, Rosalía transforma la locura femenina en una herramienta de liberación: fuera del engranaje social y del mundo civilizado, estas vagabundas solitarias se encuentran a salvo de la violencia patriarcal y protegidas por una naturaleza a la vez salvaje y amable. Descalzas y desarrapadas, ajadas por el salitre y el frío, su deambular perpetuo por la comarca de Finisterre se convierte en una forma de apropiarse de la tierra y de fundirse con ella, casi convertidas en flor o en viento.



El infame acaba ajusticiado en la plaza del pueblo. Cuando Esperanza descubre que Alberto es su padre, decide abismarse definitivamente en el océano, alga incógnita ya para siempre. Teresa llora su muerte, pero también sus vidas porque ellas, como el mar, son las hijas de nadie, las insondables, las que no tienen raíces. Ellas, como Rosalía, son las expósitas orgullosas, las que reniegan del padre y de la opresión masculina. Ellas, las hijas del mar, no son delicadas ni sus aullidos débiles, porque no son la melodía lánguida de la saudade, sino el rugido sin miedo de las desposeídas.