Plata o gloria

Hay cargos públicos que molan, son simpáticos. Incluso imprimen carácter, de tal manera que te pueden elevar a los altares o hacerte parecer ridículo. Como el de ministro de Defensa: acuérdense de Federico Trillo o José Bono, o de los vehementes «viva España» de la socialista Carme Chacón. Una gozada.

Pero hay otros que se otorgan cuando eres afín al partido político de turno, aunque no ejerzas la política activamente, ni estés en sus listas públicas; gente que sube la Escalera de Penrose vitaliciamente, una escalera infinita que ni sube ni baja. Es, entre otros muchos, el cargo de  presidente de la Autoridad Portuaria. Un cargo tan efímero como la legislatura de tu padrino, o madrina. Me atrevería a decir que tan efímero como ingrato.



La Autoridad Portuaria de las Islas Baleares es llamada por sus moradores «la casa» y ha sido, durante muchos lustros, una escuela de listillos. Muchos de ellos han terminado como debía ser: imputados, condenados o despedidos. 



Escribía Milan Kundera en La Inmortalidad que «nunca sabremos por qué irritamos a la gente, qué es lo que nos hace simpáticos, qué es lo que nos hace ridículos; nuestra propia imagen es nuestro mayor misterio». A continuación reflexionaba sobre las distintas maneras de adquirir la inmortalidad: dejar un legado incuestionable es una de ellas.



Pues bien, los últimos dos presidentes de la casa me han sorprendido sobremanera, casi hasta la estupefacción; veamos, Alberto Pons no tuvo más tiempo, pero sus horas de trabajo se multiplicaron hasta el infinito: sacó de la casa a casi todos los elementos defectuosos, indignos de la responsabilidad concedida; lo dio todo, junto con Don Gabriel Barceló, por la creación de un museo marítimo digno de nuestra isla –proyecto que cercenó miserablemente Pedro Serra y su genuflexa comparsa–; Alberto Pons tuvo la desfachatez pionera de integrar, como no puede ser de otra manera, a los clubs náuticos en el Consejo de Administración. Un presidente incansable, que nos abrió a todos los usuarios náuticos las puertas de la casa, y que nunca negó a nadie una propuesta o una simple visita. Le dio a una institución cerrada y maloliente una frescura inusitada.



Joan Gual de Torrella sustituyó a Alberto Pons en la dirección de la casa. No voy a negar que me sorprendiera, pero a medida que han pasado los meses, y los años, veo que ha logrado manejarla de manera casi impecable. La mayoría de sus decisiones han sido no sólo de mi agrado sino del agrado de casi todos los que nos dedicamos a la cosa náutica, y amamos el patrimonio marítimo.



Entre otras acciones, la renovación de la concesión del Club Náutico de Ibiza o la última, la que ha inducido esta columna: el concurso de ideas para el Moll Vell; un planteamiento brillante en el que se da un espacio, otrora impensable, a un museo marítimo digno de esta ciudad. Éstas son acciones que cambian las cosas y que nos dejarán, a todos los ciudadanos de Palma, un puerto y una ciudad mejores de lo que estaban cuando llegó.



Éste sí es un legado por el que se adquiere la inmortalidad, y que compensa sobremanera los pequeños deslices propios del cargo, como no acabar de extirpar los quistes que afean tan importante institución, o echar del Consejo a los representantes de los clubs náuticos.  



Algunos listillos de antaño también lograron la inmortalidad, pero de otro tipo: la mezquina inmortalidad del amigo de la plata ajena; que los transformó, por arte de birlibirloque, de prohombres en donnadies. Justificado y notorio fue su escarnio público y motivo suficiente para solapar lo quizá bien hecho.  La decisión de qué tipo de inmortalidad es la que uno elige es la que te dará plata… o gloria.