Cuando lo exclusivo satura

Tomándome un café en el Mercado de Santa Catalina con un miembro de la industria náutica un martes por la mañana, saludando cortito y a veces solo cabeceando a muchos de los que hacemos la náutica balear que por allí pasaban y después de haber comentado mi experiencia de este año en Dubai, Simon me pregunta:

-¿Vas a Mónaco?  (Mónaco Yacht Show)



-No.



-Yo tampoco.



-Hace dos años que ya no voy -le explico-. Ha pasado a ser una competición a ver quién monta el estand más impactante, quien establece el filtrado más estricto para poder ser recibido, y quien monta el servicio más llamativo. De la náutica sensata le queda poco.



- Pienso lo mismo que tú.



Y seguimos dando cuenta de nuestros cortados, cada uno pensando en el breve intercambio de opinión que habíamos tenido. El primer MYS fue en 1990. Rápidamente se transformó en el Yacht Show donde se exhibían los mayores yates para su venta. En 2014, el Monaco Yacht Show subió el precio de la entrada de unos 40 euros por día a 150 euros (hoy 175), y la de los cuatro días a 400 (hoy 650), eso sí: IVA incluido. 



También disminuyeron drásticamente la cantidad de pases invitación que se les entregaba a los expositores. Los organizadores (el evento pertenece a la empresa inglesa Informa) lo justificaron porque, según ellos, «había demasiada gente que iba a mirar y que entorpecía el buen desarrollo del evento». Era verdad. Y con los nuevos precios y la promesa de un público del nivel que brókeres, diseñadores y empresas de servicio deseaban y necesitaban, el MYS siguió su andadura regado por champagne, celosamente controlado y exhibiendo los grandes yates más extremos del planeta por diseño, precio o tamaño.  



Sin embargo, lo que se transformó en un superlativo evento social con asistentes internacionales de mucho nivel no se reflejó en contratos ni en cerrar acuerdos. Los últimos años, los expositores se han quejado de las pocas (la mayoría ninguna) ventas. Participar del MYS cuesta mucho y no reporta resultados inmediatos, pero a quienes tradicionalmente han formado parte del MYS no les gusta la idea de dejarlo.



Se sienten obligados a seguir estando allí so pena de pasar al olvido. ¿Al olvido de qué?  La mayoría de los expositores están allí por miedo a dejar de estar y sólo alimentan las carísimas ganas de conocidos y clientes de ser atendidos con cierto fausto en un lugar mítico, como el oro de Midas.



Hoy (y esto es una opinión absolutamente personal) ya no hay clientes que se dejen llevar por una calentura monegasca o por que las señoritas de un stand sean despampanantes (a la occidental) y sus uniformes puedan ser exhibidos en cualquier buena colección de pret-a-porter de las capitales europeas. Los chinos ya no compran, los árabes ya no se dejan convencer por calidades y compran si el regateo les sale bien, yendo a lo que tiene un precio lógico y calculando euro por metro. Los pocos tradicionales compradores que quedan prefieren ver el barco en su puerto base que ir a la exhibición superlativa de los extremos del lujo.  



¿Saben por qué? Porque el verdadero lujo es el que ellos profesan y en el que viven: el lujo en que fueron educados y del que supieron aprender, un lujo refinado, sin manifestaciones que lo reafirmen, que forma parte de la persona y que no necesitan que se les arroje alevosamente en un recinto controlado durante cuatro días. 



Y a aquellos que les atrae lo superlativo del MYS, que los hay y muchos y quienes son generalmente aquellos que se hicieron ricos rápidamente y hace relativo poco tiempo, dejémosles que justifiquen la parafernalia para hacerles sentir algo que no serán nunca, porque sólo saben imitar en gasto, ya que caballero y fino puede uno serlo sin fortuna.

Es un grupo de gente que justifica esa carrera desmesurada con objeto de sorprenderles, hacerles creer que lo necesitan, y ver si con semejante anzuelo pillan algo de provecho. La mayoría de lo que se exhibe en el MYS en tierra se puede ver en el METS en Amsterdam cada noviembre, en un ambiente mucho más relajado y con acreditación gratis, donde sólo pueden asistir profesionales de la náutica.



El Mónaco Yacht Show ha dejado de ser una selecta exhibición de yates para transformarse en un escaparate del lujo mal entendido donde lo mejor es definido por lo más grande y lo más caro. Si alguien quisiera defender lo que yo aquí crítico, podría hacerlo válidamente.  Yo he elegido verlo desde este punto de vista. Al Monaco Yacht Show  poco le queda ya del Gran Yachting que hizo de la Costa Azul su hábitat natural en el siglo XX.