MEDIO AMBIENTE

Historia de una investigación

El Capítulo Primero de esta historia de investigación periodística lo escribió Pepe Quiroga.  
JUAN POYATOS

Se pasó semanas buscando desde su ordenador. Pepe quedó sorprendido de lo que encontró en las redes. En boletines y páginas oficiales de Internet se detallaba claramente el número de emisarios de aguas sucias que operaban en las islas, más de cien. Las pesquisas de Quiroga demostraron que la administración sabía el lugar y actividad de todos los emisarios; su longitud, profundidad, millones de litros de agua vertidos al año y el tipo de fondo en el que reposaban las tuberías. Muchos de ellos decían claramente: «fondo de posidonia». 

El Capítulo Segundo fue buscar la normativa. La Ley de emisarios es anticuada y la normativa al respecto no deja claro quiénes son los responsables finales de los vertidos mal depurados. Gaceta Náutica publicó los primeros artículos sobre los emisarios y no reaccionaron ni administraciones ni ecologistas, a los que todavía esperamos. Sólo los navegantes y profesionales del sector náutico se escandalizaron viendo que se pretendía prohibir las anclas para proteger la posidonia y al mismo tiempo se permitía el vertido de millones toneladas de fecales mal depuradas. 

El Capítulo Tercero fue salir al mar y grabar en vídeo las aguas sucias saliendo de un tubo submarino enorme. La respuesta social cambió exponencialmente al ver las primeras imágenes reales de agua marrón invadiendo la Bahía de Palma. Enseguida nos llamaron de televisiones y medios internacionales. Aquí Emaya reconoció que no tenían dinero para una nueva depuradora y que el 20% de los restos fecales, además de nitratos y fosfatos, no podían ser tratados debido a la antigüedad de la depuradora. Nos reunimos con Emaya y echaron la culpa al Gobierno central.    

El Capítulo Cuarto se escribió en verano de 2016. Acompañados de una televisión francesa nos sumergimos nuevamente cerca del emisario de Palma y pudimos fotografiar unas manchas rojas de más de dos metros de diámetro en el fondo. Eran de origen biológico y nadie supo identificarlas en un principio. Varios centros de investigación oficiales eludieron educadamente ayudarnos. Nadie quería ensuciarse, nunca mejor dicho. 

Por fin dimos con el Departamento de Microbiología de la UIB. Allí nos pidieron poder analizar muestras. En menos de 24 horas se las facilitamos y tuvimos los primeros resultados. Se trataba de «manteles de cianobacterias del tipo Spirulina». En principio, afirmó el doctor Jordi Lalucat, «no son dañinas, pero se sabe que proliferan únicamente en áreas en las que el oxígeno disuelto en el agua casi ha desaparecido por la combustión masiva de fecales», mal asunto.  En el Capítulo Quinto, gracias ante todo a Lalucat y al laboratorio de la UIB, la historia trascendió lo meramente periodístico. Ya teníamos «pruebas periciales». 

El Capítulo final de esta historia está por escribir, y puede que no sean los periodistas quienes deban hacerlo. Ya veremos.